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La liberadora de la esclava - Jaime Ros




— Aquella joven salía cubriéndose el rostro. Atrás el dueño de la posada repartiéndole improperios y puntapiés. ¡Pobre! Apenas podía mantenerse en pie. Con unas monedas en la mano del posadero se acabó su sufrimiento.

— Admirable.

La traje al castillo, a hurtadillas, de otra forma no podría haber sido posible. La acomodé en unas estancias que prácticamente son desiertas durante el verano. Allí permanecería a salvo de miradas indiscretas.

— Creo que nadie podría reprochar su actitud.

— Sólo cumplí con mi deber. Mi señora andaba, igual que debía andar la muchacha, por los últimos días de su quinta cinta. Vi una oportunidad de liberar a una esclava.

— Bien.

— Al igual que aquella otra chica, hospedada en el Monasterio de la Caridad. El olor era demasiado nauseabundo para dejarla allí. También le deberían quedar pocos días para romper aguas. Aquel animal la montaba, quizá por un trozo de pan, quizá por la promesa de ahorrarle una paliza y un aborto.

— ¡Oh Dios!

— Total, no existe diferencia de alimentar a una o veinte. ¡Son muchos los desperdicios que hay en esa corte! ¡Muchos! Se alimentan a reyes, y a cerdos, con los mismos bocados.

— Mucha bondad en esos actos.

— A las pocas fechas, ya eran cuatro las jóvenes que compartían el espacio, todas, como debía ser, en estado de buena esperanza, a punto de dar a luz. Se hacían mutua compañía, en el apoyo de aquellos muros, descansadas sobre lechos de heno.

>>El buen Dios nos proveyó con una quinta muchacha, para que se ocultase entre las otras. Debió de ser Dios, porque resultó ser una antigua novicia, que dio con sus huesos fuera del convento, sin más onza de pan, ni más sangre de Cristo, por obra y gracia de un mal diablo.>>

— ¡Madre de Dios!

— Los llantos llenaron de alegría aquella madrugada. Yo fui la encargada de recoger a la criatura que se escapó del vientre materno, como las cuatro veces anteriores. Y como las anteriores veces, volvió a ser una niña. Parecía que los pecados de Su Majestad debían castigar a éste, nuestro reino.

>>Me la llevé, para asearla. Pero el buen Dios estaba con nosotros. Por eso, había permitido que tan sólo unas horas antes, una de aquellas infelices hubiera dado a luz. Estaba allí, amamantándolo, un precioso niño, algo enclenque, sí, normal en cualquiera de aquellas furcias, pero nada que una buena nodriza no pudiese solucionar.

>>“Has tenido una niña preciosa.” Le dije, hablando en voz baja, como vos y yo ahora, para que no escuchen oídos indiscretos, para que las compañeras no se vieran perturbadas en su sueño. Pero no quiso hacerme caso. “Es un niño, mi señora.” “Estás muy cansada por el parto. Has parido tú sola.” “No tan cansada como para no ver el fruto de mi vientre.”

>>Soy buena sirvienta, pero mejor vasalla. Cumplí con mi deber.  Luchaba por seguir respirando, pero estaba muy debilitada. Me resultó curioso ver que el niño no soltaba el pecho. ¡Parece que es la única idea que cruza por la mente de un hombre! ¡Vive Dios, ver como se mezcla vida y muerte en este mundo! Dejé a la niña saciándose de aquellos pechos, que no levantara el llanto el sueño de las que allí quedaban.>>

— ¡Pero cómo pudo! ¿Que desdichada pagó con su vida?

— ¡Por Dios, Padre! El futuro del Reino estaba en juego, a más de que mi señora se vería liberada de aquel bruto. Y vos os preocupáis por la suerte de una ramera. No sé cual fue, mi memoria no tiene a bien recordarlo, y ha mucho de aquello. ¿Qué importancia tendría?

— Por qué tuvo que matarla, que mal habría si siguiese viviendo ¡Unas monedas, y se daría por satisfecha!

— Las lenguas son de mal reposo. Mejor callarlas que dar la oportunidad a que se agiten. ¿No creéis vos?  Imagine por un momento, Padre, que se extiende el rumor de una Infanta en el convento, o que nuestro Rey no tiene linaje real.

— ¡Somos siervos de un bastardo!

— Yo que asistí a cada parto y a cada herida de las niñas infantes, y de nuestro Rey, puedo decirle que no es el color de la sangre lo que los distingue.

>>Ahora, Padre, me gustaría purificar mi alma, pues me temo que Nuestro Señor pronto me reclamará a su lado. Le recuerdo que estoy bajo secreto de confesión, y que aunque las almenas son vistas desde la puerta de la iglesia, para vos la corte está a muchas fechas de camino.

>>Cumpla con su deber, como yo cumplí con el mío, y tenga la bondad de darme la absolución.>>






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