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Rosa Blanca -1890 - Laura Mir




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1.896

Blanca se abandonó un poco más en la mullida butaca aquella desapacible y extraña tarde de invierno, donde pasado y presente se intentaban conjugar de alguna forma para poder mostrar un tímido futuro, que a su entender mostraba poco aliento. Su cabeza no paraba de dar vueltas a su existencia y con pesar se daba cuenta de que no había hecho nada de provecho en toda su vida, ni para ella, ni para el mundo.

Nunca se sintió en completa comunión consigo misma, ni siquiera cuando era una niña y vivía su madre, aunque de eso ya hacía unos cuantos años. A su muerte, todo su entorno se transformó al pasar su educación bajo la supervisión únicamente de su padre, que tenía que convertirla en una mujer digna de un buen matrimonio y de su legado familiar como futura marquesa, cómo odiaba ese título que además por su condición femenina, no podría heredar si no se casaba antes. Pesaba, pesaba demasiado para unos hombros tan débiles.

La novedad era que la casaban para primavera, la casaban porque ella ganas de casarse no tenía ninguna, el futuro esposo de ese matrimonio de conveniencia, era una persona constante y organizada, tanto que le resultaba irritante por su severo rigor, donde no cabían risas que no fueran programadas de antemano. Qué clase de vida llevaría dentro de aquellas paredes grises, tan grises que por mucho que se restregaran no habría forma de sacar la impregnación de dolor, angustia e incomprensión que en ellas se acumularían con los años, era como enterrarla viva. Ahora sabía con seguridad que era simplemente una cuestión de tiempo, su extinción estaba próxima en algún punto situado entre esta butaca en la que estaba sentada, y la valla del jardín.

Le hubiese gustado que su existencia hubiera sido distinta, como la de esas mujeres que amaban sin condiciones, trabajaban de sol a sol y luchaban por sus derechos, una de esas activistas que su padre tanto detestaba y que auguraba malhumorado, que ese grupo de locas acabarían por desestabilizar el orden político del país, llevándonos a una ruina de enormes proporciones, exigiendo el voto femenino, qué barbaridad.

Pero no había sido así, su responsabilidad para con el marquesado le exigía sacrificios muy duros de aceptar, y ahora, no le quedaba más que preparar el ajuar para un matrimonio de conveniencia que personalmente no le convenía ni la convencía. Lo único bueno que sacaría de todo esto serían las semanas que pasaría en la capital haciendo los preparativos de la boda, sería como la extraña calma que antecede al cataclismo.

Con un suspiro de resignación se levantó. Tenía que escribirle a su tía para anunciarle su llegada. Alisó distraídamente sus faldas mientras su mirada se perdía por la ventana, en una búsqueda imaginaria de ese punto inconcreto donde sin duda se extinguiría, y que existía entre la mullida butaca y la valla del jardín.

                                                        Continuará…


Laura Mir 

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