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Infancias difíciles - Laura Mir




Nota: Este relato está basado en hechos reales y puede herir la sensibilidad de algunos lectores. 

Primer premio - Crea una historia
                                                                     *****
Algo indefinido me despertó, posiblemente fuese todo el silencio que utilicé para pintar la habitación, el pasillo, el salón y el resto de la casa, lo usé por dentro y por fuera como si no existiese más color. Prefería el mutismo al murmullo de las gentes que caminaban ligeras en dirección a ninguna parte lo bastante importante como para darse tanta prisa, las envidiaba. Resentida con el mundo, construí una isla propia, grande y afónica donde expandir a placer y sin medida tanto dolor, con el único objetivo de rebozarme en él.

Una contracción me recorrió entera y dejé escapar un grito que rasgó la madrugada. Toqué mi frente sudada, transpiraba por todos los poros de la piel. Me levanté y como pude fui al servicio, estaba pesada, hinchada y tenía mucha sed, necesitaba beber un vaso de agua y tranquilizarme un poco. No podía ser, estaba dentro de las cuentas de la matrona. Ese mismo día me dijo que estaba muy verde. La creí porque mis cálculos los perdí por las revueltas de aquel largo y tortuoso sendero en el que se había convertido mi existencia.

Dejé correr el agua un par de minutos por el sumidero, la necesitaba fresca. Pasándome la mano por el vientre, recordé mi niñez y en ese preciso momento, odié con todas mis fuerzas a todos los padres, psiquiatras, psicólogos, psicoterapeutas y curanderos del mundo. Harta, estaba harta de oír el manido: «Tuvo una infancia muy difícil que ha marcado de forma acusada esta asociabilidad crónica carente de…».

¿Qué tipo de infancia le iba a dar a mi hijo si estaba tremendamente sola y completamente rota?

Seguro que este niño saldría tan bobo como su madre y contemplaría extasiado por la ventana, noche tras noche el firmamento, esperando a que entrara una nebulosa suave con la fuerza suficiente para alzarlo hacia las lunas de Júpiter. Porque a mi padre se le ocurrió decirme una noche, que poseía tantas, que era imposible que se sintiesen solas. Y se aferraría a su momento como yo me aferré al mío, con la desesperación del náufrago a un madero que se deja arrastrar vencido buscando cualquier orilla.

Llené el vaso y bebí, mientras otra contracción me trasvasaba, pero esta vez no era una falsa alarma, las cuentas de la comadrona eran inexactas o te engañaban deliberadamente para evitarte parte del miedo anticipado al parto, lo cierto es que estaba inadecuadamente madura cuando rompí aguas.

Tuve a mi hijo aquella madrugada sobre las frías baldosas blancas del suelo, era de piel oscura y feo como un demonio, horroroso, lo más espantoso que había visto nunca. Me levanté y comencé a patearlo con toda la rabia contenida en esa infancia difícil de la que tantos hablan y no tienen idea de lo que es sufrirla. Lo pateé y pateé hasta matarlo. Cuando me di cuenta de lo que había hecho, grité y grité horrorizada llamando a mi madre, pero nadie acudió.

Sólo me quedó llorar junto a su cadáver hasta quedar exhausta.

A la mañana siguiente al despertar, sobre aquella cama de hospital, depositaron la bandeja del desayuno y me rozaron, note cierta sensibilidad en las piernas por primera vez después de tantos años tras el accidente. En ese momento supe que a base de esfuerzo y tiempo, llegaría un día en que iría tan ligera como esas gentes apresuradas a las que tanto envidiaba. Y que todo lo vivido la noche anterior había sido un sueño producto de la anestesia, mi tormento y la soledad.

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Abrí los ojos - Maldita Nerea
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